El día que Dios le pidió un taxi a Jeff
- Alex Guerrero
- 28 minutes ago
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Cuando Dios te usa como un instrumento para tocar, compartir y cambiar vidas.

Era una tarde sofocante de julio en Lawrence, Kansas. El calor se sentía pesado, de esos que agotan el espíritu. A las 6:05 PM, Jeff estaba llegando a su límite; llevaba horas caminando, tratando de encontrar el camino de regreso al refugio para personas sin hogar. Sus rodillas, desgastadas por el tiempo y la vida, le recordaban con cada paso que ya no podía más. Había perdido la cuenta de cuántas veces había intentado desandar sus pasos sin éxito.
A esa misma hora, yo estaba terminando de compartir con mis amigos en un restaurante mexicano. No lo sabía aún, pero mientras yo pagaba la cuenta, Dios estaba sincronizando mi reloj con el de Jeff. A las 6:06 PM, salí al estacionamiento.
Justo cuando me subí al auto, escuché un suave golpe en la ventana. Al levantar la vista, vi a un hombre de unos cincuenta años, calvo y con gafas. Salí del vehículo y le pregunté cómo podía ayudarlo. Él señaló al hombre que estaba a su lado.
—Este caballero necesita la dirección del refugio local —me dijo—. Intenté buscarla en mi teléfono, pero no parece funcionar. ¿Podría usted conseguirla?
Busqué la dirección, se la di y ambos agradecieron el gesto con cortesía. Me volví a subir al auto, encendí el motor y comencé a retroceder. Fue en ese microsegundo cuando sentí un impulso eléctrico, una urgencia irracional que no venía de mi mente, sino de algún lugar más profundo.
—¡Venga! Yo lo voy a llevar. —Le dije al caballero que necesitaba llegar al refugio para personas sin hogar.
Él me miró con una mezcla de asombro e incredulidad. Tras un momento de duda, se subió al asiento del pasajero. Durante el trayecto, no dejó de darme las gracias. Recuerdo que le dije algo que sentía muy genuino en ese momento: "No es problema. Todos somos hermanos en esta tierra y estamos aquí para ayudarnos". Mi copiloto, con una amabilidad conmovedora, elogió mi auto y me contó que estaba en el proceso de comprar un modelo similar. También mencionó que no era de la ciudad y que tenía pocos días en la misma.
Al llegar al refugio, vi a varias personas acampando en la acera, esperando a que abrieran las puertas. El hombre me indicó que siguiera conduciendo hacia la entrada principal. Yo sabía, por lo que había leído en mi teléfono minutos antes, que esa entrada estaba cerrada, pero no dije nada. Me detuve frente a la puerta, nos dimos la mano y finalmente intercambiamos nombres.
—Alex —dije yo. —Jeff —respondió él.
Lo vi caminar hacia la entrada con la frente en alto. Sabía que se encontraría con la puerta cerrada, pero eso no era lo importante en ese momento. Lo importante era que Jeff había llegado allí con su dignidad intacta, no como alguien que mendigaba un espacio, sino como un pasajero que llega a su destino en un taxi.
Sin embargo, el hechizo se rompió en cuanto me alejé. De camino a casa, mis piernas empezaron a temblar violentamente. La lógica y el miedo habían regresado de golpe. "¿Qué demonios estabas haciendo, subiendo a un extraño a tu vehículo?", me preguntaba a mí mismo. Sentía como si acabara de despertar de un sueño profundo.
Al llegar, le conté la historia a Diego, mi hijo mayor y una de las personas más sabias que conozco. Le describí cómo me temblaban las piernas, como si mi cuerpo estuviera procesando un riesgo del que mi alma no se enteró mientras actuaba.
Diego me miró, sonrió con calma y me dijo:
"Parece que Dios hoy usó tu carro para darle una bola (aventón) a Jeff". ☼
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Alex Guerrero es un creador de contenido que vive en Lawrence, Kansas. Expresa abiertamente su descontento con la pizza de piña. ¡El chocolate, en cambio, lo hace todo mejor!




