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Las Matemáticas de una Pérdida

  • Writer: Alex Guerrero
    Alex Guerrero
  • Jan 3
  • 3 min read

Updated: Jan 6

El duelo no es un problema que se resuelve, es un camino que se transita


A menudo la sociedad parece dictar cómo debemos procesar el duelo. Photo by Rhodi Lopez on Unsplash
A menudo la sociedad parece dictar cómo debemos procesar el duelo. Photo by Rhodi Lopez on Unsplash

La pérdida de un ser querido es una de las experiencias más universales y, a la vez, más íntimas que podemos enfrentar. Aunque es una vivencia común, la sociedad a menudo parece dictar cómo debemos procesar el duelo, estableciendo plazos poco realistas para la recuperación. Sin embargo, la realidad de la pérdida dista mucho de ser un proceso lineal con un punto final claro.


Un camino que no tiene fecha de caducidad


Es común escuchar que "el tiempo lo cura todo" o que "hay que pasar página". Pero ¿es realmente así? Cuando perdemos a alguien cercano, especialmente a alguien con quien hemos compartido una gran parte de nuestra vida, la idea de "superarlo" en semanas o meses se siente ajena y, en muchos casos, hiriente. Familiares y amigos, con las mejores intenciones, sugieren que es hora de "volver a la normalidad". Sin embargo, lo que no se comprende es que la normalidad, tal como la conocíamos, se ha transformado irrevocablemente.

¿Es posible, por ejemplo, superar en un año la pérdida de una persona con quien compartimos treinta años de nuestra vida? ¿Pensamos que una madre va a superar la ausencia de esa hija que llevó en su vientre por nueve meses y vio crecer? La aritmética simple nos dice que el dolor de una relación de cuarenta años con nuestra madre no desaparecerá en dos. Incluso si aplicamos una lógica fría, podríamos especular que nos tomaría al menos cuarenta años empezar a sentir menos su ausencia, quizás en el año cuarenta y uno o cuarenta y dos.


Un vínculo inquebrantable


El caso de las madres es particularmente revelador. El vínculo es tan profundo y primario que la edad en que el hijo fallece es irrelevante. Ese "hoyo" en el corazón, esa ausencia, parece no cerrarse nunca. Esto nos lleva a la conclusión de que la pérdida no es una condición o enfermedad que se pueda "curar", aunque a veces la tratemos como tal. Se le llama pérdida porque una parte de nosotros, intrínsecamente ligada a esa persona, se va con ella.


Más allá de la lógica: La transformación personal


Una pérdida no es un evento aislado; es una transformación profunda. Cambiamos por completo, ya sea porque esa persona se llevó una parte de nuestra esencia o porque nos vemos obligados a mutar para sobrevivir. Es una decisión inherente: cambiar o perecer.

La sociedad, en su intento de racionalizar lo irracional, no siempre entiende que la búsqueda de una respuesta a la pregunta "¿por qué?" se convierte en una obsesión central para quien sufre. Es una lucha constante por comprender lo incomprensible. Quizás en el futuro, la tecnología nos permita recrear a quienes partieron, ofreciéndonos la oportunidad de un adiós gradual, una despedida que nuestra mente pueda procesar de a poco.

Porque la verdad es que la mente se resiste al concepto de "nunca". Podemos entender veinte o treinta años sin ver a un ser querido, pero negamos aceptar que no volveremos a ver a nuestra madre, nuestro padre o nuestro hijo por el resto de nuestras vidas. Para quien perdió a un padre en 1992, ese evento sucedió "ayer". La espera, esa fe inquebrantable de que el ser querido regresará por obra de Dios, la vida o el universo, puede perdurar toda la vida.


Entre la tristeza y la culpa


Con el paso del tiempo, a la tristeza por la ausencia se le suma un nuevo y doloroso sentimiento: la culpa. Es cuando nos damos cuenta de que, poco a poco, estamos olvidando pequeños detalles: el olor de su piel, su perfume favorito, la particularidad de su sonrisa. Recordamos su presencia, sí, pero los matices, esos pequeños toques que hacían única a esa persona, comienzan a escapársenos.

La pérdida, en definitiva, desafía las matemáticas de la lógica y la razón. Es un viaje íntimo y personal que nos cambia para siempre, un duelo que, lejos de olvidarse o superarse, se aprende a llevar, a integrar en el tejido de lo que somos. ☼

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Alex Guerrero es un creador de contenido que vive en Lawrence, Kansas. Expresa abiertamente su descontento con la pizza de piña. ¡El chocolate, en cambio, lo hace todo mejor!

 
 
 

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